EL ROSTRO RESPLANDECIENTE DE MOISÉS

Predicado el día domingo, 11 de octubre de 2020

Mensaje del libro de Éxodo
Palabra: Exodo 34:29-35
Verso Clave: Exodo 34:29
Serie - Lect: Éxodo - Lec 51
Predicado por: Josue Gutierrez
País/Capítulo:   / Ciudad de Panamá
Tipo: Dominical
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Éxodo 34:29-35

34:29 Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios.
34:30 Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro era resplandeciente; y tuvieron miedo de acercarse a él.
34:31 Entonces Moisés los llamó; y Aarón y todos los príncipes de la congregación volvieron a él, y Moisés les habló.
34:32 Después se acercaron todos los hijos de Israel, a los cuales mandó todo lo que Jehová le había dicho en el monte Sinaí.
34:33 Y cuando acabó Moisés de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro.
34:34 Cuando venía Moisés delante de Jehová para hablar con él, se quitaba el velo hasta que salía; y saliendo, decía a los hijos de Israel lo que le era mandado.
34:35 Y al mirar los hijos de Israel el rostro de Moisés, veían que la piel de su rostro era resplandeciente; y volvía Moisés a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba a hablar con Dios.

VERSÍCULO CLAVE

Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios.


Éxodo 34:29 (Reina Valera Revisada 1960)

EL ROSTRO RESPLANDECIENTE DE MOISÉS


Buenos días. La semana pasada aprendimos cómo Jehová renovó su pacto con Israel mostrándole su gloria a Moisés conforme a lo que él le pidió. Allí aprendimos que la gloria de Dios se revela en su misericordia, su gracia, su compasión, su fidelidad, su perdón, pero también en su justicia. Dios pudo haber destruido a todo el pueblo por haberse hecho el becerro de oro, pero, en lugar de eso, les mostró su misericordia. De la misma manera Dios nos ha mostrado su gloria en Jesús, quien murió para perdonar todos nuestros pecados y resucitó para garantizarnos la vida eterna. Yo oro para que cada día nosotros anhelemos fervientemente la gloria de Dios y le busquemos en su Palabra y a través de la oración, y que así seamos transformados de gloria en gloria. Amén. 

Hoy aprenderemos el efecto que tuvo la gloria de Dios en Moisés. 
Aprenderemos cómo el rostro de Moisés resplandecía y cómo esto cambió su vida y la de todo el pueblo. Yo oro para que la gloria de Dios cambie nuestras vidas para siempre también y que resplandezcamos como Moisés en medio de nuestra sociedad, siendo ejemplo para los que nos rodean, y siendo instrumentos de Dios para llevar Su gloria a todo Panamá, comenzando desde las universidades, y que Dios pueda convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.

I.- Moisés no sabía que su rostro resplandecía y el pueblo le teme (29-30)

Miren el v.29. Moisés viene de pasar cuarenta días y cuarenta noches en la presencia de Jehová, en los cuales no comió ni bebió nada, sino que fue sustentado sobrenaturalmente por Dios. Enfatizándonos así la enseñanza de que no sólo de pan vivirá el hombre sino de la Palabra de Dios (Dt. 8:3). Además, en ese tiempo Moisés estuvo en contacto con la gloria de Dios, pues Jehová descendió y estuvo allí con él, proclamando Su nombre (v.5). Todo este tiempo en la presencia de Dios y este contacto con su gloria, transformó completamente la vida de Moisés. 

Imagínense que ustedes se levantaran todos los días a las 4:00 am a orar, y se mantuviesen allí durante tres horas orando, comiendo Pan Diario, meditando la Palabra, cantando, y después se levantasen para afrontar su día a día. ¿Cuán diferente sería? Seguramente vivirían de forma más cristiana y sería más fácil luchar contra las tentaciones, ¿verdad? Y entonces, ¿por qué en lugar de imaginarlo no lo hacemos realidad? Quizá tres horas en oración es muy difícil ahora, pero, ¿por qué no empezamos por comer Pan Diario correctamente cada día, es decir, orando, meditando el pasaje bíblico, escribiendo una breve reflexión? Les aseguro que eso ya haría un cambio sustancial en nuestras vidas y nos ayudaría poco a poco a anhelar más, y sin percatarnos estaremos más tiempo en oración en las mañanas y nuestra vida será completamente diferente.

¿Cómo cambió la vida de Moisés después de tener este prolongado ayuno y de estar en contacto con la gloria de Dios? Miren nuevamente el v.29. La piel del rostro de Moisés resplandecía. La palabra hebrea que se usa aquí para resplandecer es carán que significa que le salían cuernos o rayos de luz de su rostro, centelleaba como el sol. Mientras descendía del Monte Sinaí con las tablas del testimonio en su mano, Moisés iba iluminando el camino con su rostro. Y lo más interesante de todo, es que él ni siquiera se había dado cuenta. Aunque parecía un foco de estadio de Béisbol, él no se daba cuenta que su rostro resplandecía. No le picaba ni ardía la cara, no se enfocaba en el brillo delante de sí. ¿Por qué? Porque todavía estaría maravillado con la gloria de Dios. Él estaba enfocado en la gloria de Dios. 

Moisés venía meditando acerca de aquel maravilloso encuentro con Jehová y cargando cuidadosamente las nuevas tablas del testimonio que escribió en la presencia de Dios. Sí, él traía nuevamente unas tablas de piedras en las que estaban escritas los Diez Mandamientos, y que testificaban que Israel tenía un pacto con Dios ¡Jehová había renovado el pacto con Su pueblo a pesar de su pecado! ¡¿Cuán maravilloso era eso?! Así que Moisés venía maravillado por la gloria de Dios, por la misericordia con la que Jehová había perdonado el pecado del pueblo y había renovado su pacto con ellos. No tenía tiempo para encandilarse con los rayos de luz que su rostro emitía.

Acá nos dice que sólo resplandecía su rostro, ¿por qué no resplandecía todo su cuerpo? El rostro representa a la persona, su identidad delante de los demás. El pueblo de Israel conocía a Moisés y por eso al verle sabían que era él por sus ropas, la forma de su cuerpo, porque venía bajando del Monte Sinaí y porque cargaba las tablas del testimonio. Pero nadie podía ver su rostro para confirmar su identidad. Si alguien recién conocía a Moisés en ese momento, no podía saber realmente quién era él, porque sólo verían la gloria de Dios. Ahora cuando el pueblo veía a Moisés, no lo veía a él, sino a la gloria de Dios que resplandecía. El verdadero rostro de Moisés estaba oculto detrás de la gloria de Dios. Ya él no era el mismo hombre que ellos habían conocido, ahora era un hombre diferente por la gloria de Dios.

Ustedes me han conocido ahora, después de que la gloria de Dios resplandeció en mi corazón. Pero si tuviesen la oportunidad de viajar en el tiempo y conocerme antes de que yo aceptara a Jesús como mi Salvador, no me reconocerían para nada. Se darían cuenta todo lo que me ha cambiado la gloria de Dios. De hecho, no soy el mismo que llegó a Panamá tampoco, he cambiado por la gloria de Dios. Y todavía me falta seguir cambiando, pues como dijo el apóstol Pablo a los hermanos en Corinto, cada día 
“somos transformados de gloria en gloria” en la imagen de Jesucristo. (2Co. 3:18)

¿De dónde venían estos rayos de luz con los que el rostro de Moisés resplandecía? Moisés no era radiactivo. No había estado en contacto con uranio o plutonio y por eso resplandecía. Tampoco se había tornado fluorescente o fosforescente en la montaña, es decir, no había absorbido luz para reflejarla ni tampoco generaba luz propia que pudiese emitir. Moisés estaba tan lleno de la gloria de Dios en su interior que se le manifestaba en el rostro. La gloria de Dios había llenado el corazón y la vida de Moisés de tal manera, que la irradiaba a través de su rostro. La luz que resplandecía en el rostro de Moisés no era de origen natural, ni mucho menos era producida por sí mismo, sino que era un reflejo de la gloria de Dios que había llenado su ser. Al estar en contacto prolongado con la gloria de Dios, Moisés se impregnó de ella y la reflejaba en su rostro. 

De la misma manera, ha resplandecido en nuestros corazones la luz del evangelio de Jesucristo para que conozcamos la gloria de Dios (2Co. 4:6). De modo que el evangelio nos ha cambiado la vida. Pero nuestras vidas cambian realmente cuando nos mantenemos en contacto constante y prolongado con la presencia y la gloria de Dios. Cuando un cristiano ora y lee la Biblia constantemente se nota en su rostro y también en su vida. Se comporta diferente a la gente a su alrededor porque ya no vive conforme a los valores o estándares de este mundo, sino conforme a los valores de Dios. Se manifiesta en él el fruto del Espíritu: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” (Gál. 5:22-23). 

En fin, cuando un cristiano está en comunión constante con Dios, su vida refleja la vida de Jesús. Tiene amor, sirve a otros, les predica la Palabra; tiene gozo, a pesar de las situaciones difíciles puede alegrarse en Dios sabiendo que Él le ayuda en todas las cosas; tiene paz en todas las situaciones; es paciente con otros, a pesar de sus errores y pecados; es amable, no responde con palabras ásperas, sino que empatiza con las situaciones de los demás; es bondadoso y generoso, haciendo el bien y dando en abundancia a otros; tiene fe, confía de todo corazón en el Señor, a pesar de las circunstancias; es manso, no peleando con otros, ni exigiendo sus derechos, sino estimando a los otros como superiores a sí mismo para servirles; y tiene templanza, se domina a sí mismo, refrenando su carácter y su lengua. Muestra la gloria de Dios en su vida.

Generalmente, el creyente ni siquiera se da cuenta de cuánto ha cambiado por estar en comunión constante con Dios, aunque la gente a su alrededor sí que lo nota como le pasó a Moisés. Miren el v.30. Aarón y los israelitas sí que pudieron notar el rostro radiante de Moisés. Los imagino levantando la mirada hacia el monte y viendo que descendía una luz desde allá. Y a medida que se acercaba la luz, se daban cuenta que era Moisés. Pero después vieron que la luz no venía de una lámpara que él trajese, sino del rostro mismo de Moisés. Así que tuvieron temor porque no entendían qué había pasado ni cuál era el significado de aquello. ¿Sería que Dios castigó a Moisés por el pecado del pueblo? ¿Será que Jehová le dio a Moisés la mutación de Cíclope de los X-Men, poniendo rayos destructores en su cabeza y todo aquel que haya pecado y esté cerca de él será fulminado por uno de esos rayos? ¿O le habrá dado algún otro súper poder? Ellos no discernían la gloria de Dios en el rostro de Moisés, sino que temían el juicio y por eso corrieron a esconderse de él. Dice el proverbio: “Huye el impío sin que nadie lo persiga” (Pr. 28:1).

Lo mismo sucede en la actualidad. Muchos incrédulos cuestionan, critican y persiguen a los cristianos. Pero la realidad es que les temen y llegan a sentir vergüenza al comparar sus vidas pecaminosas con las vidas santas de los creyentes. Y Jesús también dijo: “Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.” (Jn. 3:20). Cuando un creyente está en comunión verdadera con Dios es rechazado por muchos, criticado y perseguido por su estilo de vida. La gente prefiere apartarse de nosotros porque les incomoda nuestra vida y no quiere que nuestra vida santa les haga sentir mal por sus vidas pecaminosas. Pero ante esta situación, nosotros debemos hacer lo que Moisés hizo y que aprenderemos a continuación. 

II.- Moisés le lleva la Palabra y la gloria de Dios al pueblo (31-35)

Miren los vv. 31-32. Moisés no sabía que su rostro resplandecía, y a medida que se acercaba al campamento observaba que la gente se alejaba y se escondía de él, incluso su hermano Aarón y los príncipes del pueblo. Así que él los llamó. Y ellos con temor volvieron a él y hablaron allí con Moisés. Seguramente Moisés les preguntó: ¿Qué pasó estamos jugando al escondite o a “la ere”, “las traes” o “la queda”? Y allí le habrán dicho que su rostro resplandecía. Entonces él llamó a todo el pueblo y les habló lo que Dios había mandado. 

A pesar del temor del pueblo, Moisés los llamó a acercarse a la gloria de Dios que él reflejaba y a escuchar la Palabra de Dios. Esta es la labor de un líder espiritual. Como líderes espirituales debemos acercar a la gente a la gloria de Dios y hablarles la Palabra de Dios. Debemos llamar a la gente a luz para que sean perdonadas y para que empiecen a caminar en la luz de Dios. Pero si ellos la rechazan y prefieren andar en tinieblas, debemos seguir orando por ellos y seguir mostrándoles la gloria de Dios a través de nuestras vidas.

Miren el v.33. Sin embargo, el pueblo no podía mirar a Moisés a la cara mientras le hablaban a causa del resplandor. Era como intentar ver el sol, resulta muy molesto a los ojos. Así que el pueblo de Israel debió pedirle a Moisés que usara un velo para cubrir su rostro y que de esa forma no los incomodara. Moisés siendo humilde debió aceptar la petición del pueblo para no incomodarlos y colocarse el velo. Este velo llegó a ser muy representativo de la forma en que se encuentran los judíos ante las Escrituras del Antiguo Testamento. Así como el velo sobre el rostro de Moisés ocultaba la gloria de Dios al pueblo, hay un velo espiritual delante de los ojos de los judíos por el que no pueden ver a Jesucristo en el Antiguo Testamento. 

Así lo expresa el apóstol Pablo a los hermanos en Corinto: “y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido. Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado. Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará.” (2 Co. 3:13-16). 

Los judíos, y todo aquel que se opone al evangelio, tienen un velo espiritual sobre sus ojos que no les permite ver a Jesús ni el Plan de Salvación Universal de Dios en las Escrituras del Antiguo Testamento. Por eso no quieren aceptar a Jesús como su Salvador. Pero recientemente nosotros hemos aprendido a Jesús en cada uno de los materiales y estructuras del Tabernáculo. Jesús estaba presente desde la puerta de entrada al atrio hasta el arca del testimonio en el Lugar Santísimo; desde las basas de las columnas alrededor del atrio hasta las pieles que formaban la tienda interna. Y aunque los israelitas acudían al Tabernáculo y presentaban sus sacrificios allí, no veían cómo todo eso apuntaba al gran Plan de Salvación Universal de Jehová. Cuando aceptamos a Jesús como nuestro Salvador, recibimos el Espíritu Santo en nosotros que corre ese velo que nos impide entender las Escrituras, y la gloria de Dios se manifiesta maravillosamente en ella delante de nuestros ojos. Así cuando nos convertimos al Señor, el velo se quita.   

Miren los vv. 34-35. Cuando Moisés venía a la tienda de reunión que había levantado fuera del campamento para hablar con Dios, allí se quitaba el velo y oraba a cara descubierta con Dios. Obviamente a Dios no le molestaba para nada el resplandor de su propia gloria, al contrario, seguramente Moisés ahí recargaba las baterías de la gloria de Dios para seguir resplandeciendo. De hecho aquí también tenemos una aplicación para nosotros, debemos venir a Dios y orar a cara descubierta, con completa honestidad. Él conoce todas las cosas que hacemos, decimos y pensamos. Así que no hay nada que le podamos decir que lo sorprenda. Pero si oramos con sinceridad y arrepentimiento, Él puede perdonarnos y hacernos brillar con su gloria.

Luego de que Moisés terminaba de hablar con Dios, salía y decía a los hijos de Israel lo que Jehová había mandado. Fíjense que Moisés les hablaba a ellos la Palabra de Dios con la cara descubierta porque el v. 35 dice que el pueblo miraba el resplandor de su rostro. Esto quiere decir que cuando Moisés hablaba al pueblo la Palabra de Dios, les mostraba la gloria de Dios. Y cuando terminaba de hablar con ellos era que volvía a poner el velo sobre su rostro, hasta que volvía a entrar en el Tabernáculo de Reunión. Debemos mostrar la gloria de Dios cada vez que hablamos su Palabra, especialmente a los que no le conocen. Que cuando hablemos el nombre de Dios sea glorificado. 

Moisés se ponía el velo para no incomodar al pueblo. Él tenía que vivir poniéndose y quitándose el velo aunque la gloria de Dios no le molestaba. Pero nosotros no necesitamos hacer eso. Jesús dijo: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:14-16). Aunque a la gente le incomode, nosotros debemos seguir mostrando el resplandor de la gloria de Dios en nuestras vidas. Esto significa que nuestras acciones deben reflejar la gloria de Dios. Debemos vivir como Jesús vivió, siendo obedientes a la Palabra de Dios. 

O como lo expresa el apóstol Pablo a los hermanos en Éfeso: “Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz” (Ef. 5:8). Debemos andar como hijos de luz, obedeciendo la Palabra de Dios, no escondiéndonos por allí para pecar, o peor aún, andar pecando abiertamente haciendo que el nombre de Dios sea vituperado. Nuestra vida debe ser transformada de gloria en gloria hasta llegar a ser perfectos, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Ef. 4:13). 

Hermanos amados, nosotros somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciemos las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1P. 2:9). Así que reflejemos esa luz de la gloria de Dios en nuestras vidas, siendo transformados por el Espíritu Santo cada día a través de nuestra comunión íntima con el Señor en la Palabra y en la oración. Yo oro para que seamos portadores de la gloria de Dios y que el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Un país que resplandece con la gloria de Dios y que ilumina al mundo con la luz del evangelio. Amén. 

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